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Opinión - 4 enero 2019 - 8:47h

Las dos Españas y las mentiras a la yugular de los políticos

Paco del Río – Anián Berto

Paco del Río -Anián Berto

Es probable que se trate de una utopía, pero no podemos dejarnos engañar más por la clase política, ni el votante debe estar dispuesto a permanecer impasivo ante la descarada actuación de la gran mayoría de los personajes que nos manipulan desde las instituciones y organigramas, que dicen, democráticas.

Ningunean al personal y nos dejamos arrastrar por sus mentiras. Una auténtica hipocresía que ya se ha hecho causa primordial del “oficio de muchos políticos” y asumido por el pueblo cómo causa justificada.

Una dualidad conformista, peligrosa y que nos arrastra al fracaso, cómo toda meta instalada en el engaño y la mentira.

Los nuevos “politólogos” ya no creen ni sus propias trolas. Emiten falsedades, embustes e inventos, que hasta uno mismo pierde la esperanza en este doctorado. Especialistas en la habilidad de manipulación de masas, creadores de cuentos fabulosos y mejor dominio de la palabrería, cimentado en el neuromarketing, y que van de estrellas mediáticas, más propio de otro tipo de artistas. Vamos, que reflexionando, nos percatamos que nos toman el pelo.

Y convencen, sobretodo a aquellos que no conocen la historia. Los nacidos después del 75, que han sido adoctrinados y escuchan unos acontecimientos tergiversados, que nada tuvo que ver con la España de Franco, la guerra del 36 o la República del 34, sin tener que retrotraernos demasiado. Cada cuál relata lo ocurrido y lo adapta a sus propios intereses, pero la Historia es una, por mucho que se empeñen los creadores de opinión en las televisiones y radios, que sin responsabilidad alguna, emiten criterios sólo interesados.

Así que, el pronóstico se vislumbra oscuro para estos técnicos que ilusionan con la misma rapidez que desbaratan sus propios naipes de prestidigitación, según el personal se va empapando de la verdad.

Los políticos en cada cita electoral reciben “tirones de orejas”, que les anuncian que por ahí no cuela. Y el próximo 26 de Mayo, Parlamento europeo, serán examinados de nuevo.

Estas citas electorales que se avecinan llegan con una revalida de el “miente que algo queda”. Parece ser, que las estadísticas (manipuladas), aún demuestran que mentir aporta réditos electorales, aunque produzca desazón en el electorado.

Lo cierto es que con estas tropelías se provocan caos difíciles de pronosticar, imposible de valorar y desvaríos en cualquier proyecto que se precie sostenible.

Actualmente la actitud del político, cuando alcanza el poder, se basa en conseguir los objetivos, necesidades e inquietudes personales y propias. Ni siquiera hay que defender las ideas de partido, sin escrúpulos, y exento de todo código deontológico. Es el caso flagrante del presidente Sánchez y sus contradicciones con el PSOE.

Unas reglas imprescindibles que todo servidor público estaría obligado a seguir estrictamente.

Pero estas no existen, campan por su ausencia, y permite a estos funcionarios, (con nóminas públicas), a tratar a quiénes les pagan con soberbia, insultos, descalificaciones, aberraciones, injurias, amenazas y todo clase de vejaciones, olvidándose que cada diputado, senador, alcalde o alcaldesa, representa un núcleo de gente que les eligieron y merecen consideración y respeto.

Si, porqué no sólo se descalifican entre ellos, sino transciende al pobre trabajador, empresario, autónomo o parado que, con ilusión en su día, depositó su papeleta en la urna. Y no hay peor decepción que perder confianza en quién nos la ofrece.

Si no hay normas habrá que inventarlas, aunque sea por Decreto Ley, para exigir abnegación, sacrificio, espíritu de servicio y cualidades para desempeñar el cargo público, que se afronte con decoro y el más minucioso sentido de la responsabilidad. Sin mentiras premeditadas. Ah, y entusiasmo, que está es otra.

El panorama obliga a terminar, fulminantemente, con “el todo vale”, “…y tú más “, afín de no desencantar (aún peor) al verdadero sostén de la denominada Monarquía Parlamentaria y el Estado de Derecho, basado en el respeto de ideas, desarrollo de convivencia entre iguales y fidelidad a nuestras leyes.

Sin embargo, esta servidumbre (obligación inexcusable) va a su libre albedrío, sin calcular el daño colateral que produce, el enorme perjuicio para la democracia y la escasa eficacia que resulta esta pérdida de tiempo para resolver la problemática de la gente y lograr la convivencia más humanizada entre los pueblos.

Estos políticos, con acrimonia y alevosía, no respetan ni el escenario (Parlamento ni Senado), y tampoco a sus propios votantes, que no creo que lo hicieran para presenciar espectáculos grotescos de poca enjundia y menos efectividad.

Para no aupar vanidades artísticas, que no corresponde al cuerpo político, ya de entrada, deberían de preocuparse sus señorías (S.S.) de eliminar los aplausos del hemiciclo. Estas manifestaciones de palmeo propician euforias desmesuradas, a diestro y siniestro, y les hace venirse arriba de manera espectacular.

El parlamentario interviniente, aplaudido por sus incondicionales, sube el ego y se arroja al “más difícil todavía “, rebusca la frase más sangrante y se lanza al descabello, a la yugular del adversario político, hasta dejarlo sin gota ni respiro verbal. Mientras tanto, su “víctima”, en la bancada contraria, atónito refleja en su rostro el zarpazo viperino de las garras de su contrincante. Algo desconcertado y contrariado, muestra con la cabeza su incomprensión ante los tremendos argumentos lanzados contra él. No le queda otra que recurrir a la imaginación, de dudosa realidad o inventada, si cabe, para atenuar en lo posible las graves acusaciones que le dejan en evidencia de menoscabo ante la opinión pública y el resto de compañeros.

Cuando el diputado en cuestión sale a la arena, el estrado se le queda pequeño de tanta acumulación mental (y algunos apuntes), que interioriza en su cabeza. La ira va a ser elevada a la séptima potencia, la palabra deja de tener sentido, y al final el disparate hace correr un tupido velo sobre lo verdaderamente importante.

La violencia y agresión dialéctica está servida, y el espectáculo asegurado.
A todo ello, hay que sumar el ambiente circense, y poco solemne, que aporta el aplauso de unos y otros. Una especie de coliseo romano, con leones incluidos, aunque aparentemente estén en la puerta y no digan ni mu.

A pesar que el aplauso es el “pan del artista”, y el silbido sea la reprobación del respetable, nuestros representantes políticos actúan bajo la protección de la red (nómina y votos) y no necesitan la aprobación, o reproche, a modo de gritos o toque manual. La PALABRA, junto al argumento veraz, debe ser la única protagonista.

Así no se puede, ni se debe seguir. O nuestros políticos están mal pagados, o son ellos los que nos valoran ridículamente.

Si, porqué hay quién dice que llegan a nuestros parlamentos, “los desechos inutilizables” de la sociedad, aquellos que ni tienen vergüenza ni se le supone. Ya nadie verdaderamente honorable pretende ser político, es una “carrera” de bajo nivel, poco prestigiada y devaluada ante la sociedad. Esta que calla, la silente, pero que pone a cada uno en su sitio.

No sé porqué, pero cuando nos enteramos que fulanito va en las listas, nos ponemos en guardia, y pensamos que buscará, como será su nivel de agresión verbal, y en su defecto, rápidamente nos asalta la pregunta: ¿Otro a comer de la olla grande?.

El Rey, Felipe VI, basó su discurso de la pasada Nochebuena en los pilares esenciales donde se asienta nuestra sociedad, sin entrar en desmenuzar los problemas que acecha de modo singular a cada una de las autonomías o acción política de los representantes españoles . Y se entendió su mensaje perfectamente.

La Constitución del 78, la que votamos todos y todas, ahora cumple 40 años y es concisa y clara. Si Rufián, Podemos y los independentistas, por ejemplo, no interpretan cualquier pasaje, sólo tienen que remitirse a su articulado. Ahí encontrarán las explicaciones exactas a cualquier duda sobre las intenciones de la inmensa mayoría de los españoles.

Deberíamos felicitarnos, ser más benévolos y agradecidos con nuestros padres, abuelos y protagonistas de aquel delicado acontecimiento: la transición política.

Se hizo lo que se pudo, y se trazaron líneas maestras para que, entre la gente de buena voluntad, se consiguieran objetivos dirigidos a entendernos, lograr superar rencillas, odios y desalientos en una sociedad aún resquebrajada. Se obtuvieron resultados positivos en clave generalizada, valorando aquel movimiento sísmico político, mostrándose acuerdos y consiguiendo, posiblemente, olvidar tiempos pasados.

Es imprescindible, a tenor de la experiencia, guardar respeto y consideración a nuestra Carta Magna, y si no nos gusta la cambiamos entre todos. Mientras tanto, es un claro referente para el país y obligación de máxima consideración pública.

Los partidos políticos son directamente responsables del devenir de los españoles, actuando conforme nuestras normas. Los individuos que lo conforman están sujeto al desarrollo de sus programas y medidas adoptadas en consenso, dentro de los respectivos comités.

Lo “políticamente correcto” parece que ya no es hacer política, hay que ser aguerrido, incisivo personaje insultante y tratar de descalificar al oponente con el verbo más hiriente.

La intención es crear odio, dividir a la opinión pública y mantener las dos España enfrentadas. Es la “incultura” de la nueva técnica de hacer política y ofrecer titulares a los medios de comunicación afines al desmadre generalizado.

Ya es hora que este tipo de personajes, y plataformas mediáticas, se enteren que la mejor definición de España es aquella que dice : “un país que intentan los españoles romper, sin conseguirlo”. Es decir, que no lo persigan más, que siempre existirá la última reacción social que lo impedirá.

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